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“Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y cuando llegó la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!”
S. Mateo 14:23-24, 26-27 RVR1960
El temor es la primera reacción que tenemos ante la adversidad y lo desconocido. Esto pasó con los discípulos cuando estaban en la barca en alta mar en plena travesía. Jesús se les acercó caminando en el mar. Ellos se confundieron y vieron en Jesús un fantasma. El temor frente a las circunstancias adversas muchas veces nos hacen sobredimensionar los problemas y llegar a falsas conclusiones. Los discípulos estaban angustiados y asustados por la tormenta que se había desatado, pero lo que más les afectó fue la falsa posibilidad de encontrarse con un fantasma. Se angustiaron y se llenaron de temor por algo que no era real. Cuando Jesús vio el temor de ellos inmediatamente reveló su identidad con la finalidad de darles ánimo, tranquilidad y entendieran que si Él estaba allí todo estaría bien y no había porque que temer. Fue la palabra de Jesús que empezó a disipar todo temor y angustia de los discípulos. Cuando Él dijo ¡Yo soy, no temáis! inmediatamente Pedro fijó su mirada en Jesús y las adversidades pasaron a un segundo plano. El miedo comienza a desaparecer cuando tienes puesta tu mirada en Cristo Jesús, quien sabe lo que necesitas y te dice ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
Con aprecio y amor.
Hernando y Mary Aparicio